El duelo, para quien lo vive personalmente y para quien trata de ofrecer ayuda, es un proceso que se vive en la humildad y en la imprevisibilidad que conlleva toda gestación sufrida.

Es, en todo caso, un viaje dentro de la vida, el destino que todo ser humano tendrá que afrontar tarde o temprano; un viaje que recuerda la vulnerabilidad de los apegos y lo inevitable de las separaciones. Todo apego lleva a la soledad: esta constatación puede angustiar y entristecer, pero no se puede eludir.

El desafío es el de penetrar en el paisaje de la aflicción, en el desierto del duelo, porque solamente recorriendo el camino nos acercamos a la tierra prometida, a los lugares de la esperanza. El riesgo es permanecer aislados en el desierto, convertirse en víctimas del propio dolor.

No hay tristeza más grande que la de quien ha perdido toda esperanza y no quiere acoger los signos de renovación esparcidos a lo largo del camino de la aflicción.

Y, por otra parte, no hay ejemplo más convincente de aquel que da lugar a la esperanza permitiendo que nueva vida nazca a la sombra de la muerte.

Por eso siempre hay que encontrarle un sentido a la pérdida sufrida.

“Hay una cosa que he descubierto después de la muerte de mis padres, y es que lo que llamamos sobrevivir en realidad es sub-sobrevivir, aquellos a quienes no hemos dejado de amar con lo mejor de nosotros mismos se convierte en una especie de bóveda palpitante, invisible pero presentida e incluso, rozada, bajo la cual avanzamos cada vez más encorvados, con más desapego de nosotros mismos, hacia el instante en que todo quedará sumido en el amor.”

Gabriel Marcel